9/3/08

Capítulo 7: ¿Harto ya de las sorpresas?

Alfonso había pasado las últimas horas investigando desaparecidos para comprobar si uno de ellos había sido víctima de los juegos de Jigsaw, Alfonso estaba cansado. Esa noche el agente se despachó al edificio que albergaba su departamento, pero ocurrió algo inesperado.
—Le han dejado un paquete, señor —dijo el recepcionista.
—¿De quién?
—Dijo que había sido enviado por una mujer que conoces muy bien.
Alfonso pensó en la mujer con la cual ha estado saliendo últimamente.
—Qué bien, entréguemelo.
El recepcionista le pasó un paquete del porte de una caja de zapatos. Alfonso le agradeció y se retiró a su hogar. Al llegar se sentó en el sofá entusiasmado, puso el paquete en la falda de sus piernas y se preparó para abrirlo. Había una tarjeta adherida a la tapa de una caja blanca, ésta decía: “Hola amor, te quiero dar una sorpresa. Con amor, Marcia”. Alfonso sonrió con alegría y se animó a levantar la tapa. Lo peor. Dentro estaba esa “sorpresa” junto con un olor fétido, la quijada putrefacta de un sujeto. Alfonso se levantó asqueado con el estómago hecho un revoltijo y dejó caer la caja con la mandíbula a su alfombra.
—¿Qué mierda es esto?
Alfonso miró la tapa de la caja mientras se cubría la nariz con su corbata. En ella había una cinta pegada al reverso, en ella tenía escrito “A tiempo récord”. Alfonso llamó a sus hombres y a los forenses.
—¿Le preguntaste al recepcionista la apariencia del sujeto?
—Sí, y lo único que dijo fue que no se acordaba, maldito inútil —respondió Alfonso.
—Bien, tomaremos huellas digitales.
—No, he tocado la caja.
—¡OH, mierda!
—La mandíbula tiene aproximadamente unas dos o tres semanas —dijo un forense.
—¿Se puede saber de quién es? —preguntó Alfonso.
—Yo diría que será imposible, no hay huellas, se necesitará investigas a los desaparecidos de hace tres semanas y comparar los dientes, claro que sería un trabajo muy complicado.
—Con solo mencionarlo —dijo Gómez— me dan ganas de dormir.
—¡No jodas! Si queremos atrapar a Jigsaw es necesario integrarnos en su juego enfermizo.
—Integrarnos como, no tenemos rastro.
—Tenemos la cinta.
—¿Otra cinta que nos hará vagar en sus juegos mentales para luego detenernos y no poder hacer nada hasta que él llegue hasta nosotros y nos mate?
—Claro, otra de esas cintas. Ponle play.
Uno de los oficiales tomó la cinta con guantes especiales y la reprodujo:
—En tiempo récord, suena poético, demasiado, en especial porque si no fuera por esta muestra nunca confirmarían que existieron víctimas antes que Roa. Se preguntarán cómo sé algo que supuestamente era privado, pues, esas son las reglas, vencerme aunque ya conozca todos sus pasos… No comprendo como personas como ustedes llegaron a ser detectives, necesitan del FBI para resolver las pistas de niñitos que les dejo… ahora escuchen: Pitteck 3601 y Pegnuele 5869… apresúrense, el tiempo corre. Recuerden, a veces ustedes mismos pueden matar a las personas, ¿pretenden ser héroes? No lo serán en esta historia… Tic Tac.
—¿Pitteck 3601? —refunfuñó Alfonso— Es la comisaría, está del otro lado de la ciudad.
—Pegnuele está en la Villa Italiana —exclamó Gómez—, eso está a mil kilómetros de aquí, y a un millón de la comisaría.
—Como sea, dividiremos al equipo, Martínez, Pérez, Rojas, Garrido y yo nos dirigiremos a la comisaría, Gómez, Cerda, Carvajal, Núñez y Saavedra a Pegnuele. Nos comunicaremos por radio.
—Vamos al caso —dijeron en coro.



—Me muero por un pan con queso derretido —se quejó Alberto mientras fingía buscar cosas en su esquina.
—No hables de comida y ya —respondió Camilla.
—Oye, busca en tu lugar también.
—Eso hago, no hay nada, ese tipo nos quiere… espera, aquí hay como una tapa.
—¿Una tapa? Ábrela.
—No puedo, las orillas son muy finas, no caben mis dedos, y es muy pesada como para levantarla con mis uñas.
—Mierda, usa… —Alberto buscó algo por el piso, hasta que encontró una hoja de metal— usa esta cosa —se la lanzó— te servirá de palanca.
—Claro, no eres tan estúpido.
La mujer introdujo la lámina en las rendijas y logró levantar la tapa. Debajo de ella había algo similar a un mango de cuchillo, de una sierra, o de algo similar, había también unos tornillos y un destornillador.
—¿Qué hay?
—Esto… —le lanzó los instrumentos— pura basura.
—Hummm, se ven interesantes.
—Cosas más interesantes veo en la TV.
—A ver, pásame esa lámina de metal.
—Claro, está un poco dañada, pero no me sirve —le lanzó la hoja.
Alberto la miró junto con el mango y los otros elementos, hasta que pudo deducir su función.
—Creo saber para qué sirven estas cosas, pero no te gustará saberlo.
—Para qué…
—Para fabricar una sierra, imagínate el resto.
La cara de Camilla se volvió casi tan blanca como la nieve y sus ojos se abrieron como platos. Ella guardó silencio.



—Hemos llegado a la camisería, ¿me copias? —llamó Alfonso.
—Claro, pero no te oigo muy bien, debe ser la distancia, nosotros estamos en la calle de Pegnuele.
—Bien, bien, te informaré de lo que vea, fuera.
Gómez con su equipo fueron contando los edificios, lo cual les complicó, puesto que los números entre las casas de ambos lados de la calle no tenían un orden lógico.
—Por la mierda, ¿Qué no saben contar estos italianos? —Gómez se frustró.
—Espera —dijo Núñez— creo que llegamos.
Todos se bajaron del furgón y observaron la entrada del edificio.
—Parece abandonada.
—Eso iba a decir… —respondió un agente.
—Alfonso, me oyes, hemos llegado —avisó por radio.
—Sí, te oigo, no muy bien, pero sí —rió.

Los hombres de Alfonso preguntaron a todos los policías de turno si habían visto algo extraño, todos respondieron lo mismo, nada. Los agentes revisaron todo el perímetro, el patio de entrenamiento, el casino, las oficinas, todo, menos la piscina, por la simple razón que está en el sector más apartado y nadie había llegado hasta él todavía. La piscina estaba en un recinto completamente cerrado en el patio, sólo existía una entrada, y por todo el rededor de las paredes había ventanas angostas a la altura del techo.
—Sólo queda la piscina —dijo Alfonso.
—Hace tiempo que no la usamos.
—Por eso sospecho de ella.
Los hombres fueron hasta ella y se encontraron con la sorpresa que la puerta estaba con candado y que la llave no estaba. El conserje no tenía idea.
—Mierda, veamos por las ventanillas, quizá encontremos algo más que nada.
Los hombres se encaramaron y miraron a través de los vidrios, no se pudo ver bien, ya que estaban empañados y el ambiente adentro era algo humeante.
—No podemos ver bien —dijo Martinez— sólo podemos diferenciar que hay cosas que en agua de la piscina.
—¿Cosas? —preguntó Alfonso— Miren bien y expliquen lo que son.
—Sr. Alfonso —llamó Rojas—, hemos encontrado una tarjeta dirigida a usted escondida en la puerta.
—¿Si? Léala.
—“Dentro se está produciendo un gas letal e inflamable que mataría a un ser humano en cinco minutos, no entren, porque al abrir la puerta producirán una chispa que hará explotar todo, les recomiendo que sólo miren, cualquier movimiento fuera de lugar los mataría a todos, incluso al que está dentro”.
—Mierda —tomó su radio y llamó a Gómez—, hey, colega, hemos llegado justo para presenciar un juego en la piscina, ¿me oyes? No podemos hacer nada, cualquier cosa nos mataría a todos.
—¿Si? Acabamos de encontrar a un sujeto que por el momento está durmiendo, tiene una cuerda que le entra por la boca y le sale por el trasero, a cualquiera le causaría risa, a mí no, es horrible, tampoco podemos hacer nada, sólo mirar por un vidrio que según Jigsaw está blindado aprueba de sonido.
—¿De verdad? Dios, odio a ese sujeto.
—Espera, el hombre ha despertado… está desesperado… ando la cuerda
—¿Qué? no te oí.
En ese momento la comunicación se perdió.

Continuará...

1 comentario:

mich_098 dijo...

Buenas klel7 como siempre te dejo una noticia por aquí reciente de SAW 5 , saludos , sigue así , gran blog.
http://www.worstpreviews.com/headline.php?id=7883&count=0